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Las lágrimas de la agenda política argentina

Foto: Las lágrimas producidas por el hambre: ahí está la verdadera agenda política de la Argentina

Días pasados, en un seminario de comunicación política, volví a ver el llanto de Mateo. Un niño de 8 años, en el Concejo Deliberante de Concepción en Tucumán, gritándoles a los concejales que se dejen de discutir temas banales porque él tenía hambre. La política – que muchas veces es Versalles – se enteró de la revolución que estaba ocurriendo en París. No se sabe si los políticos se acostumbraron a que un tercio de la población argentina -y la mitad de sus niños – viva bajo la línea de pobreza, si prefieren no enterarse o si no tienen la capacidad de resolver el problema. Un llanto siempre es purificador, pero el de este niño atormenta más por la desesperación que por la tristeza. Es un llamado de atención lleno de angustia a una clase política que parece haberse profesionalizado en la consolidación del poder, pero no en la solución de los dramas de la gente.

En la búsqueda de soluciones, nos encontramos con otro llanto. El Arzobispo de La Plata reunió a toda la clase política de la Región Capital de la provincia de Buenos Aires para expresarle su apoyo y avanzar en una agenda común. Al ver que los políticos no lograban ponerse de acuerdo, Monseñor Fernández empezó a llorar, en lo que muchos aún no saben si fue algo impostado o real. Lo cierto es marca la temperatura de cómo está la clase política argentina hoy: no logra encontrarse, vive enfrentada y lo sufre toda la población.

Si vamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con un tercer llanto que marca las dificultades para generar una agenda en Argentina. Es el del presidente Mauricio Macri en la función de gala del Teatro Colón cuando ofició de anfitrión del G20. Lágrimas producto de una descarga emocional por todo lo que conllevó la organización de esos días, pero que tal vez escondían algo más. Un mandatario que sueña con un país que no llega a ser. Propone cambios en las formas de consumo de los argentinos que implican ajustarse cada vez más. El presidente apela al esfuerzo personal de cada quien. Tal vez el problema esté allí, en pensar en la individualidad.

La clase política tiene grandes dudas sobre si éste es el camino del éxito y no está dispuesta a realizar los acuerdos necesarios para acompañar. La cultura argentina estará imposibilitada de cambiar mientras un tercio de población sufra hambre. Cuando uno se encuentra así no puede pensar en otra cosa porque – en definitiva – lo que no puede justamente es pensar.

Todos lloran y todas las lágrimas duelen, pero ninguna causa más dolor que las de Mateo. El hambre no espera y tampoco entiende de cambios culturales. Ahí está la verdadera agenda política de la Argentina, muy lejos de la que proponen los políticos. Hasta que no se reconcilien ambas listas de prioridades seguiremos siendo un pueblo desencontrado, lleno de angustias, de desilusiones y de lágrimas.

 

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Redacción

Origen Consultora