14 mayo, 2021

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Andrea Abreu: «Hay un intento de deconstruir el español y el clasismo que hay en la escritura»

"Panza de burro", su primera novela publicada por el sello Barrett con edición de Sabina Urraca, irrumpió como revelación en la escena literaria, incluso algunos críticos la han definido como la mejor novela canaria de los últimos tiempos.
Andrea Abreu nació en 1995 en el norte de Tenerife, una de las Islas Canarias de España.

Por Milena Heinrich

Con una lengua que se nutre de la escucha de la infancia, del habla de barrio y de las marcas de una generación que creció al calor de la cultura de los 90, «Panza de burro», la primera novela de la escritora canaria Andrea Abreu -que acaba de ser seleccionada por la revista Granta entre los 25 mejores narradores en español menores de 35 años-construye un relato sagaz sobre la amistad entre dos niñas y desmonta así la tradicional forma de categorizar el despertar sexual y los vínculos afectivos, a partir de una trama que respira al ritmo de la oralidad.

Andrea Abreu nació en 1995 en el norte de Tenerife, una de las Islas Canarias de España. «Panza de burro», su primera novela publicada por el sello Barrett con edición de Sabina Urraca, irrumpió como revelación en la escena literaria, incluso algunos críticos la han definido como la mejor novela canaria de los últimos tiempos. Testimonial, arrolladora y conmovedora, la trama abrió una lectura singular desde las entrañas de una voz generacional atravesada por el impulso irreverente de desnaturalizar y reivindicar lo propio, desde los cuerpos hasta las lenguas.

Es una novela que habla sobre la amistad y el despertar sexual, el deseo en todos sus sentidos: una narradora, cuyo nombre se desconoce, tiene un vínculo muy apegado con su amiga Isora, a quien admira locamente porque parece más grande, porque es atrevida, divertida y todos quedan fascinados con ella, esa niña que no tiene madre y está bajo el cuidado de su tía y su abuela y es «más alpilspa, más echadita palante, tenía más sangre y más labia», como la describe la voz en primera persona que narra esta novela desde el recuerdo. Las amigas tienen diez años y están pisando la pubertad, abriendo la puerta de la inocencia en una época signada por ese imaginario híbrido de fines de los 90 y principios de los 2000 cuando todo se difumina, la vulnerabilidad social encuentra su punto máximo y las pantallas y la virtualidad aceleran la exploración a la adultez, en medio de una globalización desenfrenada.

La buena recepción de la novela de Abreu, que trabajó como periodista en distintos medios de su país y es autora del poemario «Mujer sin párpados», llegó a la revista Granta que hace poquitos días anunció su selección de los 25 mejores narradores jóvenes en español, entre los que se incluye a la autora canaria junto a los argentinos Michel Nieva, Martín Felipe Castagnet y Camila Fabbri.
A propósito de su nombre en esa lista, Valerie Miles, la editora de Granta en Español, le dijo a Abreu que en esa misma lista diez años atrás, cuando se incluyeron autoras como Samanta Schweblin -una escritora que a Abreu le encanta, como declara en diálogo con Télam- «se notaba la tendencia a mirar autores o autoras más cosmopolitas, con un español mucho menos marcado por la región y con la necesidad de narrar desde una especie de no lugar. Lo que ella notó en esta selección fue la tendencia opuesta: localizar muy concretamente las narraciones en espacios muy identificables. Me encanta lo que hacían los autores de aquella generación pero también me encanta que podamos hablar de y desde lugares muy concretos, y atravesarlos por experiencias universales, reconocernos en personajes que habitan espacios completamente diversos a los nuestros», dice.

-Télam: «Panza de burro» habla sobre la amistad y sobre esa frontera cada vez más porosa entre la infancia y la adultez. Podría decirse que es una novela que expone en su conjunto la tensión con los límites ¿cómo se gestó?
-Andrea Abreu:
Nació de la necesidad de contar una historia de amistad en la que los límites entre lo romántico-afectivo y lo amoroso, y la propia amistad, estuvieran un poco difuminados. Partía de la misma necesidad de ver representada dentro de un libro una experiencia que me había afectado a mí, a muchas de mis amigas y a chicas que había conocido. Muchas de nosotras tuvimos nuestras primeras experiencias sexuales durante la infancia, con nuestras amigas más cercanas. Y cuando llega la edad adulta, en este mundo heteronormativo, lo normal es decir que, si eres heterosexual, tus primeras experiencias fueron con aquel primer chico en la adolescencia con el que te diste un beso, cuando probablemente llevabas muchísimo tiempo tocándote y experimentando con tu mejor amiga.

El punto de partida de «Panza de burro» fue un intento de libro de poemas. Empecé a escribir un poema, la primera imagen que me llegó fue esa visión de la niña vomitando sobre la taza del váter, que aparece en el primer capítulo. Pero me di cuenta con el paso del tiempo que no me bastaba con los poemas; con esto no estoy considerando a la poesía como algo menor, no, pero sí es cierto que la herramienta de la poesía en aquel momento no me valía, y sentí que tenía algo con profundidad narrativa por lo que decidí utilizar el formato de la novela, más como una experimentación, como una prueba, que como una certeza.

-T: La admiración por Isora, la compañía y el cuidado que se tienen ambas amigas, las experiencias que viven juntas, el crecimiento, los secretos y el jugueteo sexual, tienen rasgos universales en el sentido de que ese modo de vivir la amistad a esa edad ocurre en Canarias pero probablemente en cualquier otro lugar.
-A.A:
Me interesaba contar ese momento de la infancia en la que no tenemos jerarquizadas las relaciones que desarrollamos con las otras personas; sino que estamos más bien lejos de la edad adulta en el que ponemos en primer lugar a las personas con las que tenemos una relación afectiva, luego la familia, las amistades; en la infancia se confunden todas las relaciones, y no estamos demasiado preocupadas por establecer quién es mi amigo, quien es mi pareja. Vamos experimentando los afectos a través de las personas que tenemos más cerca.

Es cierto que yo quería hablar de la amistad pero también la protagonista está un poco enamorada, viviendo su primera historia de amor, si se lo quiere entender así, con su mejor amiga, a veces se confunde esa profunda admiración y ese deseo con el amor en sí mismo. Al final muchas de nosotras en la infancia tuvimos relaciones basadas en la envidia y el deseo de ser la otra, pero no en un sentido negativo, sino simplemente porque parece que, en un determinado punto de la vida, no tenemos otra manera de ser que intentar ser continuamente otra persona. Muchas veces me sigue pasando, actualmente a lo mejor con las redes sociales, que veo a una Instagramer que me encanta y fantaseo con ser ella y vestirme parecido, tonterías que vienen de la infancia, en la que por ejemplo te gustaba la letra de tu compañera de escuela, y le copiabas la letra y escribías igual que ella. Ese tipo de imitación, de adoración extrema, que sentimos las chicas entre nosotras mismas, en la infancia es todavía más fuerte. Yo quería hablar de ese tipo de relación de amistad extrema que al mismo tiempo se puede confundir con amor.

-T:  La oralidad atraviesa como un rayo este libro, no sólo como registro de un habla, de una generación, sino también como una forma de conflicto con la lengua misma desde su condición de formalidad. ¿Qué gesto supone la decisión de escribir desde la oralidad?
-A.A:
A lo largo de la historia, las variantes del español, que desde el español castellano o castizo se han considerado periféricas, como son aquellas que pertenecen a diferentes lugares de Latinoamérica, han estado invisibilizadas pero tengo a lo largo del siglo XX hubo una mayor experimentación y un mayor posicionamiento de parte de las personas que querían escribir desde su variante del español en concreto.
Sin embargo tengo la impresión de que a pesar de que en Canarias siempre hubo intentos de escribir desde la oralidad, la variante del español ha sido históricamente invisibilizada. Para las personas que habitamos Canarias y hablamos en canario supone una vergüenza histórica. Una realidad que se nos ha hecho negar, y de la que no podemos huir, porque al final uno tiene la forma de hablar que tiene y no la puede evitar, aunque la intente neutralizar, se nota la aspiración final de la s, uno no puede huir de lo que es.

-T: ¿Y de qué modo intervino esa certeza?
-A.A:
Me di cuenta que de la misma manera que deconstruí el concepto de belleza física o el amor romántico, también era capaz de deconstruir lo que entendía por español escrito. Y me di cuenta de que había muchísimas autoras, sobre todo al otro lado del Atlántico, como Rita Indiana, con la novela «Papi», Pilar Quintana con «La Perra», Fernanda Melchor con su concepto de hiperrealismo, o autoras argentinas como Selva Almada, a las que admiro. No las veo demasiado preocupadas por que la gente no entienda determinadas palabras que aparecen en sus libros. Sino que utilizan toda la riqueza de la escucha: un buen escritor o escritora, no es quien lee mucho sino quien escucha mucho también. Quien pone el oído, quien va por la calle oyendo esos giros tan interesantes, esas frase espectaculares que en las conversaciones más coloquiales aparecen. Y sabe aprovechar toda esa riqueza y esa variedad del habla.
Creo que me adscribo, me gustaría adscribirme, a esa corriente de la experimentación con la oralidad. Escribir desde tu variante periférica, o marginal, o como la queramos llamar, porque ya estoy un poco cansada de esos términos porque cuando tantas personas habitan los márgenes ya no tiene sentido hablar de margen y centro. Cuando una está escribiendo desde su variante del español sin importar que haya una academia o un público legitimando lo que estás haciendo, cuando haces eso estas realmente rompiendo con los conceptos de normalidad lingüística, incluso de ortografía. Dentro de la novela experimento también con la forma de escribir las palabras y en «Panza de burro» hay un intento de deconstruir el español, y también el clasismo que hay en la escritura.

T: Seguimos a Isora desde los ojos sorprendidos de esta narradora ¿por qué decidiste no nombrar a la narradora?
-A.A: 
Es una de esas cosas a la que le he buscado la explicación con el tiempo. Primero por una cuestión de autoprotección. Las personas que escribimos un libro con una fuerte carga autobiográfica, o que tienen un origen en experiencias vitales y luego son ficción, tenemos algunas estrategias para protegernos, y para que la gente no haga ese ejercicio tan típico de identificar a la protagonista con la autora, porque son dos figuras diferentes y a veces se nos olvida.
Así que creo que la protagonista no tiene nombre porque no quería que se identificara con mi persona real. Porque además, el personaje se alejó de mí y tomó su propia vida. Y por otro lado, quería subrayar a través de la ausencia de nombre que la protagonista no tenía otra manera de ser que la de intentar ser Isora. El nombre es el elemento por el que los demás nos reconocen. De hecho, cuando a veces alguien que no conocemos nos nombra por nuestro nombre, nos hace esta ilusión. El nombre es una cosa muy valiosa, y parece que la protagonista no tiene esa cosa tan valiosa, por el mero hecho de que está tan impactada con la vida y la presencia en el mundo de Isora, que ni siquiera se preocupa por nombrarse a sí misma.

Una inusual validación desde la crítica y el mercado

En poco tiempo, «Panza de burro» vendió más de 20.000 ejemplares, una cifra contundente para una primera novela, y la recepción -aunque tuvo sus detractores entre aquellos que se arrogan la propiedad de la lengua- recibió calurosas críticas que se legitimaron aún más con la incorporación de la autora Andrea Abreu a la selección de la revista Granta.

La escritora, de 26 años, fue una de las 25 narradoras jóvenes elegidas por la publicación británica hace pocos días, lista que compartió con tres argentinos y otros países que publican en español. A propósito de su nombre en esa lista, Valerie Miles, la editora de Granta en Español, le dijo a Abreu que en esa misma lista diez años atrás, cuando se incluyeron autoras como Samanta Schweblin, «se notaba la tendencia a mirar autores o autoras más cosmopolitas, con un español mucho menos marcado por la región y con la necesidad de narrar desde una especie de no lugar».

«Lo que ella notó en esta selección -explica Abreu a Télam- fue la tendencia opuesta: localizar muy concretamente las narraciones en espacios muy identificables. Me encanta lo que hacían los autores de aquella generación pero también me encanta que podamos hablar de y desde lugares muy concretos, y atravesarlos por experiencias universales, reconocernos en personajes que habitan espacios completamente diversos a los nuestros».

-Télam: ¿Te sorprendió la recepción de «Panza de burro» en la crítica y los lectores y las lectoras? ¿Puede entenderse esta cálida aceptación como una expresión de demanda de voces de otras generaciones, de escrituras menos «modositas» evocando un poco a los términos de la narradora de este libro?

-A.A: Me gusta mucho esta pregunta porque he reflexionado mucho sobre el tema, estamos en un momento en que la gente está cansada de sentir que dentro de la cultura, hablando de los productos culturales, solo pueden existir historias homogéneas, escritas desde la misma variante neutra del español. Centros de las ciudades, metrópolis. Estamos cansadas porque la mayoría hemos nacido en la periferia. Al final esas personas estamos alcanzando niveles de alfabetización y de acceso a la cultura como nunca antes. De modo que sentirse reconocida en la cultura y la literatura es una necesidad, básica. Parece que lo que no está escrito no existe, como la famosa frase de lo que no se nombra no existe.

-T: ¿Creés que siempre se le está disputando a la lengua o estamos en una época particularmente frenética donde hay una demanda de cambios y la lengua se presenta como un territorio de reconquista?

-A.A: Las instituciones por lo general nunca van al mismo ritmo de la sociedad, es una realidad sociológica. Y por lo tanto tengo claro que yo no voy a esperar a que determinadas instituciones me den la legitimidad de escribir o hablar de la manera que creo que es necesaria y que me demanda la gente que me rodea, y yo misma demando. Por lo que pienso que si hay necesidades sociales, como el utilizar la e, en el ejemplo de las personas no binarias, lo voy a hacer. Si un amigue necesita que lo llame de una manera determinada, lo voy a hacer. Las instituciones no tienen que marcarnos la manera de actuar sino recoger los usos de la lengua en la calle. Pero es verdad que van mucho más lento, y yo no voy a esperar a que me den permiso para usarla. Tenemos que hacer nuestro propio camino si creemos que es justo y adecuado. Voy a respetar mis valores hasta el final, aunque me digan que lo que estoy haciendo es inadecuado o incorrecto.

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