26 septiembre, 2022

Extra! News

extranews.com.ar

Entre lo que somos y lo que queremos ser

Nuestros parientes vivos más cercanos son los chimpancés y los bonobos. Un debate entre lo que somos y lo que queremos ser.

Si tuviera que animarme a describir a la humanidad como un todo y a lo largo de su historia, no podría decir que somos exactamente una especie pacífica. A lo largo de nuestra historia como especie (y tomando especialmente las épocas modernas, después de todo, no soy historiador), creo que el/la lector/a coincidirá conmigo en que hemos tenido eventos de extrema violencia, incluyendo, por supuesto, dos guerras mundiales, pero que lejos están de ser los únicos conflictos bélicos de nuestra especie. Por lo contrario, y a pesar que uno podría pensar que la humanidad «aprende», cada día las potencias mundiales invierten más y más dinero en armamentos, sistemas de defensa y similares. Como si fuera poco, tenemos eventos que sin ser a escala de una guerra entre países, demuestran la violencia latente que tiene parte de nuestra sociedad (Y para comprobarlo solo hace falta ver los eventos sucedidos en Argentina las últimas semanas). Pero toda esta mini reflexión con tintes sociológicos amateur viene a colación de, por supuesto, algo relacionado a la biología, particularmente a la etología (que se encarga de estudiar el comportamiento, a grandes rasgos) y por qué no, a la primatología (o sea, el estudio de los primates).

Las dos especies de primates más cercanas al ser humano (que no estén extintas, claro está), son el chimpancé (Pan troglodytes) y el bonobo (Pan paniscus). La línea evolutiva que dio origen al género Pan y la que dio a los homínidos (en la que estamos los seres humanos) se habría dividido hace 6 o 7 millones de años, mientras que la divergencia entre chimpancés y bonobos data de unos 2 millones de años atrás(1). Ambas especies se encuentran (tristemente) en peligro de extinción.

Mientras que el chimpancé ha ocupado territorios variados a lo largo de la porción ecuatorial de África, la distribución de los bonobos es más reducida, encontrándose en selvas de Zaire. Ambas especies son nuestros parientes vivos más cercanos, y para el caso de los chimpancés, existe una amplia base de datos sobre su biología, ecología y comportamiento, que no es tan extensa para el caso de los bonobos. Una de las cosas más interesantes sobre estas especies es que si bien se encuentran relacionadas a nivel evolutivo y morfológico, difieren notoriamente en su comportamiento social y ecología(1).

Chimpancé a la izquierda, bonobo a la derecha.

Los chimpancés han sido caracterizados históricamente como una especie con importantes lazos sociales, con enfrentamientos intensos y frecuentes entre comunidades, la ingesta de carne y conductas como infanticidio, canibalismo y una notoria agresividad tanto intra como intergrupal, con una marcada dominancia de los machos(1).

Chimpancé bastante enojado.

Los bonobos son una especie más pacífica en comparación a los chimpancés. Existe un mayor dominio del poder por parte de las hembras, no hay agresividad marcada hacia las mismas, no hay conductas de caza ni consumo de carne ni agresividad a nivel de individuos o grupos(1). También presentan un comportamiento muy rico a nivel sexual, muchas veces fuera de objetivos de reproducción per se.

Bonobos.

El magnífico etólogo Frans de Waal (cuya bibliografía les recomiendo leer entera) comentó en su obra de 1997 «Bonobo: The forgotten ape» que:

“La sociedad de los bonobos, a diferencia de los chimpancés, es de dominancia femenina, igualitaria y con el sexo como sustituto de las agresiones. Las hembras ocupan posiciones importantes en la sociedad, y los puntos altos de la vida intelectual de los bonobos no se encuentra en estrategias de caza cooperativa o de consolidación de dominancia, si no en la resolución de conflictos y la sensibilidad para con el resto de los individuos.”

Entonces, queda claro que al comparar a los chimpancés con los bonobos, nos encontramos con dos especies ecológica y comportamentalmente muy diferentes: una, los chimpancés, donde los comportamientos agresivos y de dominancia son muy comunes, y otra, los bonobos, donde la resolución de conflictos y el comportamiento pacífico es la regla. ¿Esto significa que los chimpancés son una especie fundamentalmente agresiva y los bonobos una especie fundamentalmente pacífica? No necesariamente, aunque los datos con los que contamos hoy en día lo sugieren, al menos comparando una especie con la otra. Lo que sí es seguro, es que ambas especies poseen un intelecto muy particular dentro del reino animal, y que su ecología y biología nos es de particular interés al ser nuestros parientes vivos más cercanos.

Si llegaste hasta acá, seguramente en algún tramo de la breve descripción sobre el comportamiento de los bonobos y los chimpancés pensaste en las similitudes con la sociedad humana, y el debate que plantea el título de este artículo. Tomando netamente una comparación entre ambas especies, sabemos que claramente los chimpancés son una especie más violenta que los bonobos, donde prima el «haz el amor y no la guerra». La humanidad, a lo largo de los años, ha sido muy chimpancé y también muy bonobo. Hemos intentado resolver conflictos por medio de guerras sangrientas, que (tal vez a diferencia de los conflictos entre grupos de chimpancés) llevaron a los momentos más oscuros de nuestra historia. También, por momentos, buscamos resolver conflictos por medio del amor y la paz (imposible no pensar en los años 60 y el boom hippie). Construimos muros y también los derribamos. Construimos acuerdos sociales que también transgredimos constantemente. Nos mezclamos entre lo que somos y lo que queremos ser. ¿Somos chimpancés y queremos ser bonobos? ¿Algunos de nosotros somos bonobos en un mundo de chimpancés? ¿Nos parecemos mucho más a nuestros parientes más cercanos de los que nos gustaría admitir?

La respuesta a todas esas preguntas se las dejo a ustedes.

Fuente

(1) Stanford, C. B. (1998). The social behavior of chimpanzees and bonobos: Empirical evidence and shifting assumptions. Current Anthropology, 39(4), 399–420. https://doi.org/10.1086/204757