28 febrero, 2021

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Javier Montes: «La búsqueda del paraíso perdido es la esencia de nuestra condición humana»

Javier Montes.

Javier Montes.

El escritor madrileño Javier Montes escribe la biografía de Dora Vivacqua, una artista revolucionaria brasileña, bailarina, performer, nudista, guerrillera urbana, autora de novelas malditas, fundadora de un partido político y dueña de una isla en el Brasil a mediados del siglo veinte, en formato de novela y bajo el título «Luz del Fuego», nombre artístico de esta pionera del feminismo y de una nueva conciencia sexual y medioambiental.

«Luz de Fuego», la novela que publica Anagrama, es a su vez la marca argentina del lápiz labial que usaba la cantante de samba luso-brasileña Carmen Miranda quien, según el autor, fue un poco el reverso diáfano e inmaculado de Dora Vivacqua, producto de exportación y tolerada para todos los públicos.

La personalidad y la biografía de la protagonista son cautivadoras. Luz de Fuego nació en Belo Horizonte, la capital de Minas Gerais, y no solo desafió a la sociedad brasileña de mediados del siglo pasado, sino también a los numerosos senadores, científicos, poetas, gente de pretensiones intelectuales y dedicada a los negocios que formaban su familia burguesa.

Dora Vivacqua decide abandonar su situación económica y social para encarnar primero la vida de una prostituta en Río de Janeiro, luego ser una artista que deseaba competir con la famosa Carmen Miranda, y finalmente se convierte en la dueña, ama y señora de un club nudista en la Isla del Sol.

Montes, nacido en Madrid en 1976 y premiado desde su primera novela, «Los penúltimos», con el Premio José María de Pereda, logra con este nuevo relato un cruce de «quest» detectivesca y memoria novelada reconstruir la historia de una mujer que termina arrojada al mar llena de piedras, un feminicidio que se puede considerar como un aniquilamiento cultural, favorecido por la dictadura militar de los sesenta en Brasil. El entorno político y social crearon el clima perfecto para su asesinato absurdo ejecutado por unos bandidos.

«Luz de fuego» fue escrita en Río, en España, gracias al apoyo de dos residencias literarias, Civitella Ranieri en Umbria y el MALBA en Buenos Aires.

Montes, con «La ceremonia del porno», ganó el Premio Anagrama de Ensayo junto a Andrés Barba. En 2010 la revista Granta lo incluyó en su selección «Los mejores narradores jóvenes en español» y actualmente escribe en El País, Granta y Artforum, entre otros medios.

En Anagrama publicó también «La vida de hotel» y «Varados en Río», una quest detectivesca que también transcurre en Río de Janeiro, pero como contracara del paraíso, vista desde los ojos de escritores que terminaron varados en esa ciudad: Manuel Puig, Rosa Chacel, Elizabeth Bishop y Stefan Zweig. Con «Luz de Fuego» retoma la ciudad y logra recrear la época del Brasil moderno que empieza a dejar de ser un paraíso en el imaginario del mundo.

-Télam: ¿Cómo fue tu primer contacto con la protagonista de tu novela, Dora Vivacqua, Luz de Fuego?
-Javier Montes: Yo viajaba en un barco de línea que une Río de Janeiro con la isla de Paquetá, y mi vecina de travesía, asomada la barandilla, me habló de ella con un curioso tono, mezcla de aprensión, burla encubierta y respeto, que me hizo entender que tras aquel nombre las peripecias de aquel personaje había petróleo literario.

-T.: ¿Por qué una mujer a mediados de siglo XX decide dejar su vida acomodada y «respetable» para vivir la vida al natural?
-J. M.: ¿Por qué lo haríamos ustedes o yo? En realidad quizá la pregunta sea, ¿por qué no lo hacemos? La vida y obra de Dora Vivacqua, su manera de transformar su vida en obra, de llevarlas al límite, quizá sean una respuesta, o una propuesta, o incluso una prédica por la vía de los hechos, que son las únicas prédicas soportables y eficaces, por supuesto.

-T.: ¿Cómo es tu relación con la sociedad y la cultura brasileñas desde lo individual a lo estrictamente literario luego de escribir un par de libros que transcurren en Brasil?
-J. M.: Brasil es mi gran amor quizá no del todo correspondido, a diferencia de Argentina, que siempre ha sido generosa en lo personal y en lo literario y cultural con mis libros. He sido muy feliz y muy infeliz allí. He tocado fondo y he rozado las alturas de la plenitud vital que por momentos nos es dado vivir, fugazmente, si somos afortunados, en esta extraña forma de vida terrenal, que diría la inmensa fadista Amalia Rodrigues, la gran portuguesa del siglo XX (junto a Carmen Miranda, que no olvidemos que nació en una aldea del Douro profundo).

-T.: ¿Cómo trabajaste la articulación entre la ficción, lo histórico y lo biográfico?
-J. M.: Yo tenía ya a mis espaldas la escritura de «Varados en Río», que trata de Brasil y arma esa técnica mixta, como se dice en el mundillo del arte. La memoria, los recuerdos relatados, la historia misma con mayúsculas emplea recursos de ficción. Nuestras vidas mismas, cuando nos las contamos a nosotros mismos en retrospectiva, ordenan el caos que es la vida y le dan estructura narrativa para que se revistan de una apariencia comprensible. Creo que muchos libros que merecen la pena tienen esto en cuenta y procuran mostrarlo a sus lectores. Se trataría, quizá, de incluir en el libro su propio «making of» que nos recuerde las resbaladizas y cambiantes entre lo real y lo ficticio.

-T.: ¿La protagonista de tu novela es una pionera en las reivindicaciones feministas?
-J. M.:
Pienso que sí, desde luego. No estoy seguro de que Luz del Fuego, tan fundamentalmente libérrima, lo pensara. Era alérgica incluso a adherirse a etiquetas y movimientos que pudiesen favorecerla. Lo que está claro es que demostró, de nuevo por la vía de los hechos, que una mujer puede proponerse y luchar por conseguir absolutamente todo lo que se proponga. Quizá no lo consiga, pero lo importante, como en todo, en proponérselo.

-T.: ¿Cuáles fueron las fuentes para reconstruir esta quest literaria?
-J. M.:
Mucha hemeroteca (la de la Biblioteca Nacional de Brasil está entre las mejores del mundo digitalizadas), la excelente biografía «ortodoxa» y novelada de Cristina Agostinho y Branca María de Paula (N30 ediciones), mi propia investigación sobre el terreno, y al final, mi poca o mucha capacidad de evocar e imaginar y proponer al lector interpretaciones posibles de las muchas lagunas en la vida registrada documentalmente de la protagonista.

-T.: La desnudez de los adamitas en la isla de Bohemia era un retorno a la inocencia, al estado previo a la Caída, a la expulsión del Paraíso. ¿Cuánto de esto hay en la Isla de Luz de Fuego?
-J. M.:
«Siempre estamos volviendo a la Casa del Padre», dice un verso de Novalis. Esa, creo, es la esencia de nuestra condición humana. La búsqueda de ese paraíso perdido, Eldorado, Xanadú, Shangri-La, Isla del Sol… son espejismos que por su propia naturaleza nunca alcanzamos, pero no se me ocurre una forma más noble y plena de vivir nuestras vidas que aspirar y luchar por conseguirlos a pesar de saber que es una batalla perdida de antemano. Sólo las batallas destinadas al fracaso son las dignas de emprender.

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