28 febrero, 2021

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La artista que retrata el terror y la dulzura, las dos patrias de la infancia

El libro «Fauna del país», que acaba de publicar el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y que acompaña la exposición homónima dedicada a Mildred Burton, propone un atípico catálogo que indaga en la carrera de la artista que inyectó vida fantástica a los objetos más cotidianos, mediante sus pinturas y dibujos tan surrealistas como siniestros, acompañado de un texto de ficción de Mariana Enriquez inspirado en sus obras.

«El terror y la ternura son las dos patrias de la infancia -o el miedo y la dulzura-, y esos dos ingredientes, que tienen su forma en la superstición de lo real, son los que impregnaron toda la obra de Mildred Burton, lo que la hace una artista de culto», explica a Télam Marcos Kramer, autor del libro y curador de la exposición que sigue hasta el 22 de febrero en el museo de la Avenida San Juan 350.

Mildred Burton compuso figuraciones que supieron dialogar con la fantasía, la perversión y el humor al mismo tiempo, construyendo retratos familiares, objetos animados e incluso animales imaginarios, mediante representaciones con una fuerte tendencia surrealista.

«Es muy complejo ubicar a Burton en la historia del arte local, su obra es huidiza, evasiva, sin embargo se mantuvo siempre sobre la base del surrealismo en el dibujo y la pintura», señala Kramer, curador de la muestra que reúne obras que van de 1965 a 2003, casi 40 años que dan cuenta de la supervivencia de su estilo.

A lo largo de su producción artística, Burton combinó las referencias más variadas: la tradición inglesa de las artes decorativas del siglo XIX, como el movimiento Arts & Crafts, el surrealismo de Max Ernst o René Magritte, y el realismo político de la pintura argentina de los años 70 y 80: pero sus referencias más perdurables fueron la literatura fantástica y los cuentos populares infantiles.

Según el completo texto curatorial de Marcos Kramer, incluido en el libro, el origen de su imaginería fantástica, de animalidad, hogareña y terrorífica se amasaron entre el autoritarismo doméstico-conyugal que la hizo huir de Paraná y los relatos de su infancia.

«Toda esta imaginación mía fue muy alimentada por los cuentos ingleses, donde las tazas tenían patitas y ojos, y las escobas disparaban. Parto un poco de esas concepciones infantiles de atribuirles vida propia a los objetos, algo que los niños aceptan con tanta naturalidad, con ese espíritu juguetón que trato de mantener vivo en mí», decía la mujer que adoptó como propio el apellido de su madre, de ascendencia sajona. 

La obra de Burton es «realista, fantasiosa, seductora; como un canto de sirenas, una belleza que no podes evitar mirar y cuando te acercas ves la crueldad, lo violento», dice Kramer.

«A las artistas jóvenes les encanta la obra de Burton, por su forma de reconfigurar el cuerpo, de llevarlo a rincones de violencia, a deformaciones, pero también por sus ámbitos de dulzura», asegura.

«Su imaginería ha sido retomada muchísimo por las últimas generaciones de jóvenes artistas argentinos, incluso por muchas artistas mujeres, embelesadas por estas formas que ella siempre tuvo de buscarle una nueva deformidad a los cuerpos humanos, con cosas del terror y la ternura, las dos patrias de la infancia», resalta.

Para Kramer, Burton «siempre realizó exposiciones en lugares relevantes, pero no es una de esas artistas de grandes relatos épicos en la historia el arte nacional y creo que por eso es considerada una artista de culto».

La influencia literaria de la artista es retomada para este catálogo con un texto inédito de Mariana Enriquez, un verdadero acierto que acompaña al volumen.

La autora de «Nuestra parte de noche» despliega un imaginario pavoroso, en una narrativa tan sencilla como espeluznante, anclada en el género del terror para hilvanar la totalidad de las obras de Burton en un relato biográfico entre la realidad y la ficción.

Por ejemplo, frente al «Autorretrato. Cacatúa con loros», en el que Mildred Burton se pintó a si misma como una mujer con pico de ave, Enriquez narra: «Mi hermana Millie siempre quiere hablar con las pájaras. Ella conoce las leyendas, como yo, pero nuestra diferencia es radical, porque Millie conoce el lenguaje de las cosas y los animales; se pasa las tardes de calor con el ventilador al lado de la mesita donde dibuja, todos los días, su autorretrato, porque, está convencida, ella también va a convertirse en pájaro».

Si bien no se conoce el año exacto de su natalicio, Mildred Burton nació en Paraná, presumiblemente entre 1923 y 1942, y murió en la ciudad de Buenos Aires en 2008. 

Estudió en la Escuela Provincial de Bellas Artes de Entre Ríos y en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova y tras ser premiada en varios salones nacionales y provinciales, en 1973 inició una larga serie de exposiciones en Buenos Aires. En la década del 80, realizó performances junto a Federico Klemm, colaboró con las Madres de Plaza de Mayo a través de murales y su obra se desplazó -por un período breve- hacia imágenes en las que resonaban formas artísticas precolombinas del sur del continente.

Así, ahondó en el protagonismo de lo animal, los mitos y las divinidades pero también en la violencia contemporánea, como se puede ver en el mural que realizó en 1991 para la estación Dorrego de la línea B de subtes, titulado «A tres niñas argentinas inmoladas: Jimena Hernández, Nair Mostafá y María Soledad Morales».

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