20 enero, 2021

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Mariano Quirós: «El protagonista es un vago que no tolera su propia vagancia»

 

Mariano Quirós

Mariano Quirós

En «Río Negro», la novela de Mariano Quirós, el protagonista piensa que su hijo es un idiota y aprovecha la ausencia de Ema, la esposa que ama y madre del adolescente, para tratar de acercarse como buen padre con consejos y enseñanzas con los cuales logrará involucrarse en una sucesión de hechos llenos de violencias.

«Río Negro», publicada por Tusquets, ganó hace diez años el premio «Laura Palmer no ha muerto», una colección que «marcaba un recorte generacional, una manera de entender el trabajo literario con la que me sentía muy identificado», confiesa el autor nacido en Resistencia en 1979.

El protagonista es un escritor que odia, o al menos desprecia, a su hijo quien también quiere escribir. Lo que asusta al padre es «pensar que él pudo haber sido -y que por lo tanto aún lo es- tan imbécil como percibe a su hijo», declara Quirós.

La trama de la novela es violenta, pero el absurdo y el humor son claves para entretener al lector con la torpeza de los personajes que «cuando la vida práctica les demanda un movimiento lo resuelven de la peor manera: de manera trágica», dice el autor de «Campo del cielo», «Una casa junto al tragadero» y «Tanto correr».

-Télam: ¿Cuánto vive en el mundo de la realidad y cuánto en el de la ficción el protagonista de «Río Negro»?
-Mariano Quirós: No sólo vive en esa tensión, sino que también con los sentidos alterados por la cantidad de porro que fuma, por el consumo de alcohol que va en aumento con el avance de la novela, por su propia vanidad. Pero la distorsión mayor viene de la mano de la literatura. Un hombre que ha leído mucha literatura y que, como buen lector, tiene la vida determinada por esas lecturas. Se me ocurre que, más que vivir en un mundo u otro, lo que hace es percibir el mundo desde la literatura, desde esa distorsión, que siempre se vive en una cornisa que de un lado tiene la armonía más maravillosa y del otro un simple infierno.

-T.: ¿La historia del fracaso en la paternidad es el eje de la novela?
-M.Q.: En buena medida, sí. Al menos es uno de los elementos más nítidos. Un hombre que desprecia, incluso que odia, a su hijo. Ese mero detalle se aparta de la lógica de la relación padre-hijo, de lo que se supone que debe ser. Pero, por otra parte, y esta es una idea que me hice ahora, muchos años después de escribir la novela, también hay un fracaso del cinismo como forma de concebir la vida. El tipo está visiblemente quebrado. Es irónico, burlón, maldito… ¡es encantador! Pero es un encanto que no sirve para nada. Si tuviese que definir un tema para la novela sería ese: el cinismo y su fracaso.

-T.: ¿Los consejos paternos o la falta de estos en la relación condicionan el accionar de los personajes?
-M.Q.: El consejo paterno es el consejo más literario, al menos desde «El gran Gatsby», que empieza diciendo: «En mis años jóvenes y más vulnerables mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no deja de darme vueltas…». Quise homenajear esa manera de dar consejos. Pero de una manera bien retorcida, con un afán más bien bizarro. Además está ese costado tan extraño de las escritoras y escritores que es el empeño por aconsejar sobre el tema que sea y a quien sea. Desde la mejor manera de escribir hasta la manera correcta de encarar una pandemia. Una falta de ubicuidad asombrosa. Pareciera que los escritores siempre tuvieran algo que decir. Fijate que durante la cuarentena más estricta, la cantidad de pavadas que se dijeron desde la literatura. Yo mismo, que no sé nada de nada, a veces hablo en esos términos. Después me quiero matar, pero ya es tarde.

-T.: ¿Las citas a películas y libros fueron parte de tus lecturas para la novela?
-M.Q.: Cuando tenía dieciséis años, capaz que diecisiete, mi abuelo me llevó a ver «Martín (Hache)» porque había leído una reseña en la que hablaban de la película, de su mensaje, como una obra ideal para entender a la juventud y a la tragedia argentina de los noventa. Mi abuelo se tomó el asunto demasiado al pie de la letra. Me habrá visto un poco a la deriva -como buen adolescente- y supuso que ver la película tal vez me haría bien. Pobre. «Martín (Hache)» era un compendio de amargura y de consumo mal llevado. Me quedó muy grabado el desconcierto de mi abuelo, que no sabía qué decirme, qué lectura hacer de semejante película. En «Cineclub», el libro de David Gilmour, hay un padre que pretende educar a su hijo a partir del cine, de las películas que a él, al padre, le cambiaron la vida. Un gesto ingenuo y amoroso que me deslumbró de tan elemental y me recordó a mi abuelo, a su ternura, y al enojo que sentí contra aquel reseñista que tanto lo había engañado.

-T.: ¿En qué lugar colocarías a tu novela dentro de la literaria argentina?
-M.Q.: Un poco a modo de continuación de la pregunta anterior, hay dos textos que tenía muy presentes al momento de escribir: la novela «Bajo este sol tremendo», de Carlos Busqued, y el cuento «Un santo diferente», de Germán Parmetler. Dos autores chaqueños -aunque no viven en el Chaco- que quizás sin proponérselo supieron armar un paisaje chaqueño muy literario, áspero, brutal y a la vez elegante. Yo intenté captar ese aire, esa gracia. Por lo demás, soy un digno miembro de mi generación, un tipo de cuarenta y pico que creció y más o menos se desarrolló junto con el fenómeno de las editoriales independientes. Pero además soy un escritor de provincia, y de una provincia muy pobre, cosa que tiene un costado bueno, que es, quiero creer, el desprejuicio, lo poco que tengo que perder y todo el futuro que hay para echar por tierra.

-T.: ¿Hay una crítica a la sociedad y a ciertas clases sociales de la vida resistencianas?
-M.Q.: Hace poco Paola Lucantis, editora de Tusquets, señaló algo que yo había pasado por alto, y que es cierta impunidad por parte de una posible aristocracia -por ponerle un nombre- de provincias. El tipo nunca se hace cargo de lo que hace. Asume cada peripecia como eso, como desgracias, como golpes de mala suerte. Si bien la aristocracia de Resistencia es más bien irrisoria -creo que la impunidad es más férrea y nítida en provincias y ciudades de tradición más arraigada- el imaginario clasista existe. Fascistas hay en todos lados.

-T.: ¿Cómo está construido el imaginario de la pobreza del protagonista?
-M.Q.: Se me ocurre, ahora que lo decís, que es la nostalgia del garca. Aquella forma de la pobreza para el tipo era casi armónica, tenía su pintoresquismo. El ciruja que golpea la puerta y te pide un vaso de agua, que te corta el pasto por un resto de comida, que hasta te cuenta alguna historia que tolerás porque te tranquiliza, te confirma que las cosas están en orden. Pero después está ese pánico a lo «Cabecita negra», el cuento de Rozenmacher, donde los pobres se meten donde no deben y trastocan todo. A este tipo -como al sr. Lanari, el personaje de «Cabecita negra»- también se le mete un cana en la casa, un bruto, y es la empleada la que de alguna manera lo saca del brete.

-T.: ¿Cómo ves esa relación del protagonista con la empleada doméstica?
-M.Q.: Es una de las relaciones que más me gustó de la novela, porque sentí que se apartaba de cualquier lugar común sobre las empleadas domésticas. Más que familia o amo y esclava, son cómplices. Una complicidad extraña entre dos personas que hablan en términos bien distintos. Bien podría escribir ahora la novela de esa empleada. Cómo es posible que esa mujer sea capaz de incrustar un pico en el cráneo de un policía. Más que subordinación, son ganas de matar a alguien.

-T.: ¿La mujer de la historia es la que pone el orden en la familia de los personajes?
-M.Q.: Así al menos lo ve el personaje, que también es flor de vago y que semejante idea le resulta cómoda para no hacerse cargo de nada. Total, está Ema. Me imaginaba al personaje como un gran Lebowski, pero lleno de prejuicios, pretencioso y reprimido. Un lado b de Lebowski, un vago que no tolera su propia vagancia.

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