16 enero, 2021

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Mauricio Koch: “Traigo esta historia de un femicidio conmigo hace años, era una obsesión”

Koch es autor además de de “Los silencios” y “Cuadernos de crianza”, que también es un blog.

Koch es autor además de de “Los silencios” y “Cuadernos de crianza”, que también es un blog.

La violencia de género, la memoria y la impunidad son los temas que tejen la trama de “Baltasar contra el olvido”, la nueva novela de Mauricio Koch que acaba de publicar Obloshka.

En ella el autor de “Los silencios” y “Cuadernos de crianza” rescata un femicidio que sucedió en Hernández, el pueblo entrerriano donde creció y elige hacerlo a través de los ojos de un adolescente casi niño, quien explora los distintos mecanismos para recordar a su madre y para luchar contra la impunidad en la que quedó su muerte.

“Aunque a nadie le importe acá estoy yo, que no olvido y no voy a olvidar nunca lo que hicieron”, promete Baltasar, quien encuentra en la mirada y el recuerdo una forma de resistencia.

Mauricio Koch nació en la localidad bonaerense de Villa Ballester, pero creció en el pueblo de Hernández, Entre Ríos. Su libro de cuentos “El lugar de las despedidas” recibió el segundo premio en el Concurso Nacional de Narrativa Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional. En 2016 publicó “Cuadernos de crianza”,  un diario íntimo sobre la relación con su hija, Gretel y en 2017, su primera novela, “Los silencios”.

El autor creció en Hernández, Entre Ríos.

El autor creció en Hernández, Entre Ríos.

En diálogo con Télam el autor relató la génesis de un tema en el que trabajó más de quince años hasta que encontró la voz que debía narrarlo: la del hijo de la víctima.

-Télam: Baltasar cuenta un femicidio desde los ojos de un niño, ¿cómo surgió el tema?

-Mauricio Koch: El primer borrador, que escribí hace unos quince años, era en principio un cuento, un cuento largo a lo sumo, que alternaba varios puntos de vista intercalados: el de Baltasar y su hermano Leo, el de Renata, su madre, y también el de otros dos hermanos, dueños de una estancia, que una noche levantaban a Renata en las calles del pueblo y la llevaban hasta su casa de campo, donde habían organizado una fiesta. En esa fiesta la drogan a Renata, la violan, ella se descompensa y muere. Había incluso un punto de vista más, el de un amigo de los hermanos que había estado esa noche en la fiesta, se arrepentía y confesaba.

-T.:¿Partiste de un hecho real?

-M.K.: Mi intención era narrar en clave de ficción un hecho que ocurrió en el pueblo donde crecí, Hernández, Entre Ríos, hace 27 años. En septiembre de 1993, mataron en circunstancias parecidas a Flora Müller, un hecho que nunca se esclareció y por el que nunca hubo detenidos. Ese cuento no prosperó, había voces y situaciones que no estaban logradas, personajes que sentía ajenos. Pero otras voces, por el contrario, siguieron dando vueltas y cada tanto volvía sobre ellas. Se volvió una obsesión escribir sobre ese hecho que me había impactado tanto. Finalmente, a fuerza de insistencia y de búsqueda, una voz se impuso sobre las demás y fue ganando todo el protagonismo: Baltasar, el hijo mayor de Renata.

-T: ¿Cómo construiste la voz del personaje narrador, un adolescente que cuenta en primera persona la muerte de su madre? En algún punto, Baltasar parece no crecer, como si se hubiese quedado en la época en la que perdió a su mamá.

-M.K.: Tenía claras dos o tres características del personaje con las que empecé a trabajar: quería que fuera una voz rabiosa, escéptica, cargada de resentimiento. Me interesaba mucho pensar cómo hace para seguir viviendo un chico de trece años al que le matan a la madre en un lugar donde todos se conocen y todo se sabe, es decir, enseguida empiezan a circular rumores sobre los culpables, y él se entera. El tiempo pasa y nadie va preso, otras noticias van dejando atrás esa muerte, la vida sigue su curso. Pero qué pasa con él, con la vida de él, con su futuro. Él es consciente de que el tiempo para él se detuvo: “Yo no tendría que estar siempre mirando hacia atrás”, dice. Pero también se lo toma como un deber: “es lo que debo hacer”, se dice, y escribe lo que recuerda en un cuaderno azul. De una manera intuitiva, no del todo consciente, entiende que recordar y registrar sus recuerdos es importante.

-T.: ¿La elección del lugar, en un pueblo chico, permite crear un microclima en el que los que no son culpables son cómplices?

-M.K.: Mi novela anterior, “Los silencios”, tiene como punto de partida y como eje principal el desmantelamiento de los ramales del ferrocarril, en el año 93, una tragedia social que se conoció como “ferrocidio” y que arrasó con poblaciones enteras. Un día el tren deja de pasar y la gente del pueblo está desorientada, no sabe qué hacer, luego se enteran que el gobierno decidió levantar esos ramales, que el tren no va a pasar más. Ahí no hay reclamo que valga, la gente está desarmada frente a ese hecho y lo afronta como puede. En Baltasar pasa lo contrario, matan a una mujer que todos conocen y quizá la gente podría actuar, hacer algo para reclamar justicia, movilizarse. Pero eso no ocurre y el caso queda impune. No me interesaba ni me interesa señalar culpables ni cómplices, sino pensar ciertos comportamientos sociales y la carga simbólica que tienen esos comportamientos.

La tapa de la novela que narra un femicidio.

La tapa de la novela que narra un femicidio.

-T.: A partir de los comentarios de la gente del pueblo, el libro pone en escena todos preconceptos que la sociedad tiene respecto de las víctimas de femicidios: su vida, la ropa que usaban, sus salidas o diversiones, sus redes sociales. ¿Funcionan los comentarios a modo de coro griego o como un personaje más que contribuye a la justificación de los homicidas?

-M.K.: A Baltasar y a su hermano Leo siempre los molestan con lo mismo, les dicen que su madre es una puta, que se acuesta con el primero que pasa, en la escuela todo el tiempo tienen que lidiar con eso, cada vez que se pelean el insulto que reciben es el mismo. Baltasar se cansa y un día le pregunta a su madre por qué no puede ser como las demás. Entonces ella le explica que trabaja fregando ropa y casas ajenas, cuidando personas, que su trabajo es ingrato y muchas veces no le pagan, que nadie le regala nada, que todo lo obtiene a fuerza de sacrificio y que no tiene que rendirle cuentas a nadie. Ella le dice que si la llaman puta no se ofende, que sí le molestaría que le dijeran parásito, chupacirios o falluta, porque eso nunca fue ni será. La figura de Renata pone en evidencia las hipocresías clásicas de los pueblos, funciona a modo de chivo expiatorio. Por eso mismo no se esfuerzan demasiado en exigir justicia; porque, aunque no lo digan a viva voz, de alguna manera piensan que ella se buscó ese final.

-T.: El libro interrumpe la narración para incorporar los dibujos de alas y plumas que hace el protagonista, ¿cómo juegan esos espacios gráficos en la historia?

-M.K.: La primera versión de la novela era absolutamente desesperanzadora, no había ningún espacio por donde se filtrara algo de luz, nada. Y de alguna manera me parecía que eso era inverosímil, es decir, si realmente Baltasar hubiera sentido eso, tarde o temprano se dejaría morir o se mataría, no tendría razones ni fuerzas para seguir viviendo. La vaga ilusión de la Lucre, una chica de la que está enamorado y que idealiza, no es suficiente. Y otra vez, a fuerza de convivir con el texto y con mi personaje, de dejarlo ser, un día apareció el primer gorrión. Una mañana, camino al taller donde trabaja, encuentra un gorrión herido, lo rescata, lo cuida y lo salva. A partir de ese hecho algo ocurre en él, algo que ni siquiera nota al principio pero que lo vincula con la vida y no con la muerte, es un vínculo solitario pero al mismo tiempo muy vital. Él salva vidas, y cuando no hay un pájaro al que salvar, los observa y los dibuja, es decir, intenta captar la vida en sus detalles. Eso le dio un aire a la historia que en las primeras versiones no tenía. También me sirvió a la hora de pensar la estructura.

-T.: Narrás un femicidio en un lugar periférico, se relaciona de alguna manera con dos obras más o menos recientes sobre el mismo tema: “Cometierra” de Dolores Reyes y “Chicas muertas” de Selva Almada?

-M.K.: Las admiro mucho a las dos. Leo con mucho interés los libros de Selva, me gustan sobre todo sus primeros libros, los cuentos, y es fascinante el recorrido que está haciendo Cometierra. Pero, sinceramente, mientras escribía Baltasar no pensé en ningún momento en esos parentescos o relaciones. Tampoco pensé en algo que me mencionan ahora los lectores, que Baltasar le da voz a las otras víctimas de los femicidios, en este caso un hijo. Traigo esta historia conmigo hace muchos años, era una obsesión y nunca me sentía a la altura para poder contarla. Finalmente pude hacerlo cuando encontré la voz del personaje, esa voz de chico rabioso, un chico del interior enojado con todo y con todos. Como dice Piglia, narrar es encontrar un tono, cuando el tono aparece el libro se ordena. O lo que decía Borges, “cuando uno sabe cómo habla su personaje, conoce su psicología”, y es así, los modos de decir de Baltasar, sus modulaciones, de alguna manera definieron la trama.

-T.: Baltasar cuenta su vida anterior con su madre, su abuela y su hermano, su vida posterior, sus trabajos, pero no cuenta el hecho en sí. ¿Por qué la novela no pone en palabras ese acontecimiento? ¿Baltasar no podría narrarlo?

-M.K.: Lo cuenta al principio, dice lo que pasó con su madre, que una noche salió de su casa y no volvió, que la buscaron durante diez días y finalmente la encontraron muerta. Cuenta que estaba golpeada, tenía quemaduras en los brazos y la habían violado. Es todo lo que él dice sobre el tema y creo que no hacía falta más. Después vive en función de eso, su vida se detiene, no hay más hacia adelante, todo es hacia atrás. Puede dar la falsa impresión de que vive en la nostalgia, pero sus recuerdos son otra cosa, son una manera de aferrarse a la vida, recordar es para él una forma de supervivencia, además de un intento de preservar la memoria de su madre. Eso empieza a cambiar cuando aparecen los pájaros, ahí entra una mínima posibilidad de futuro.

-T.: El protagonista propone la mirada como resistencia y como denuncia, ¿es un arma contra la impunidad?

-M.K.: Baltasar piensa en todas las posibilidades: piensa en vengarse, piensa en matar a los culpables, piensa en irse para siempre del pueblo y empezar una vida distinta en otro lado. Pero le había prometido a su madre que iba a cuidar de su hermano menor, Leo, y no piensa faltar a su promesa. Y en cuanto a la venganza, no es tonto y sabe que es inútil, que nunca va a ser suficiente, que en el fondo no tiene sentido. Por eso, después de darle muchas vueltas al tema, un día se le ocurre que cada vez que se cruce con los asesinos va a mirarlos, los va a mirar fijo a los ojos y no va a desviar la mirada. Sabe que es una idea estúpida, es consciente de eso, pero es lo que se le ocurre para acompañar a esos recuerdos “que cada día trata de sacar como agua de un pozo”, dice.

Es un recurso infantil, sí, pero después de todo él no es más que un chico que está solo, que se ha quedado solo, que tenía una vida y ya no la tiene. Él cree, o se esfuerza en creer, que al mirarlos de alguna manera les va a transmitir lo que piensa de ellos, y lo va a hacer cada vez que se los cruce; es su modo de hacerles saber que no olvida, que, aunque todos olviden y ellos no hayan pagado su crimen, él sigue ahí, vivo, y no olvida. “Con mi mirada de guacho se los voy a hacer saber”, dice.

-T.: En “Cuadernos de crianza” asumiste la voz de padre, ahora la de un hijo. ¿te interesa explorar distintas voces narrativas? ¿Narrar desde distintos lugares?
-M.K.: Poco antes de que naciera Gretel, mi hija, había leído “La invención de la soledad” de Paul Auster, y mientras escribía las primeras entradas del diario que luego se convertiría en “Cuadernos de crianza”, recordé esa frase de la novela que dice que el niño va a olvidar todo lo que vivió durante los tres primeros años de su vida: los libros que el padre le leyó, las comidas que le preparó, las lágrimas que le secó…

Eso de alguna manera cifró la búsqueda del libro, la preservación de momentos íntimos y muchas veces mínimos que en general se olvidan: nuestras primeras caminatas, las frutas que compartimos, sus risas al verme bailar sin sentido del ritmo, las veces que le curé las rodillas peladas, etcétera. En ese sentido, creo que Baltasar y Cuadernos se tocan, se parecen en la búsqueda; si bien el punto de vista es distinto, un padre y un hijo, el tema es la memoria.

Ahora me corrí de ahí y estoy trabajando en algo muy distinto: unos ensayos sobre los signos de puntuación. Entre otras cosas, soy corrector de textos, así que la puntuación y los signos son más que herramientas de trabajo, casi diría que los veo como personajes, unos personajes diminutos que tienen una tarea muy noble.

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