1 marzo, 2021

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Yuri Herrera: “Nunca me abandonó el gozo por imaginar el mundo de manera disparatada”

 

"Elegiría estar entre los escritores de la novela negra tanto la norteamericana como la latinoamericana."

«Elegiría estar entre los escritores de la novela negra tanto la norteamericana como la latinoamericana.»

Los personajes de «Diez planetas» del escritor mexicano Yuri Herrera viven un futuro surrealista, sumergidos en la melancolía y el existencialismo de los personajes de Ray Bradbury, pero con la atmósfera de las pesadillas creadas por Franz Kafka, personajes sometidos a una tradición, pero con silencios y juegos del lenguaje que los hacen únicos y últimos de una especie humana.

Los veinte relatos del libro publicado por «Periférica» fueron escritos entre 2017 y 2019: solo el cuento «Entera», la historia de una bacteria que cobra conciencia en un colon humano, es anterior. El escritor, nacido en Actopan en 1970, los pensó como un proyecto orgánico, pero cada relato plantea su propia cosmovisión y su propio orden, aunque el conjunto termina siendo homogéneo.

A partir de su primera novela, «Trabajos del reino», Herrera fue etiquetado como «narco escritor» porque tomaba tácitamente como modelos a un capo del narco y a un escritor de corridos. El autor de «La transmigración de los cuerpos» no duda que este libro de ciencia ficción está en el centro de su obra: «las etiquetas pueden ser útiles en ciertos momentos, pero lo mejor es cuando uno puede seguir trabajando sin depender de eso», sostiene el escritor mexicano en diálogo con Télam.

Télam: ¿El tono melancólico y las reflexiones existencialistas de tus relatos dialogan con “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury?
Yuri Herrera: Ray Bradbury fue muy importante para mí específicamente “Crónicas Marcianas”, porque es un libro que da vuelta la idea del explorador heroico, es un libro anticolonialista que cuenta la llegada a Marte desde la perspectiva de los marcianos. La ciencia ficción es capaz de poner de cabeza nuestras coordenadas sobre la realidad.

T.: ¿El sistema político del relato “Los conspiradores” es cifra de un orden mundial?
Y.H.: Yo ese cuento lo hice basado en una idea que me contó un escritor y académico peruano. Una hipótesis sobre el idioma quechua señala que en realidad no era la lengua de los conquistadores, sino la de los conquistados. Fue parte del botín porque era una lengua que ya tenían toda una red comercial y otras utilidades. A mí me pareció interesantísimo la idea de que te quitan algo y luego te lo imponen. Aunque creo que es una cosa que sucede todo el tiempo. Y, por supuesto, en esto hay una reflexión política, no sé si una reflexión universal sobre la política pero sí sobre una de esas prácticas de la política. 

"En esta incorporación de la potencia de los sueños consiste buena parte del ejercicio poético de la literatura."

«En esta incorporación de la potencia de los sueños consiste buena parte del ejercicio poético de la literatura.»

T.: ¿El pensamiento terraplanista y las teorías conspirativas sobre las vacunas que aparecen en tus historias son marcas contemporáneas que retornan de un pasado?
Y. H.: Vivimos una época en la que todos tenemos, por un lado acceso a una enorme cantidad de información y, por otro, acceso a medios de comunicación extraordinarios. Una de las consecuencias de esto no ha sido tener una sociedad mejor informada, sino la diseminación de muchas tonterías. Es una de las consecuencias posibles de la democratización del saber: la gente también tiene la posibilidad —y está en su derecho— de creer lo que quiera. Estados Unidos (donde resido actualmente) es el país con más premios Nobel en la historia y también el país con mayor número de terraplanistas. Este tipo de paradoja de nuestra época me parece muy interesante.

En mis cuentos aparecen como una manera de llevarlo a un extremo absurdo.  El asunto de las vacunas lo veía venir, hay un rechazo de mucha gente a la ciencia más elemental, a los adelantos médicos que más claramente han cambiado nuestra calidad de vida.

T.: ¿Hay en tus relatos una aproximación al ensoñamiento del surrealismo?
Y.H.: La ciencia ficción originalmente era una especie de realismo especulativo, pero se ha convertido en un término que engloba muchos subgéneros, que tiene que ver con la fantasía. Imaginar posibles futuros a partir de ciertos elementos que hay en nuestra sociedad. Yo parto desde cierta poética original del género con la vocación de imaginar más allá de estos límites que nos impone el realismo y los sueños tienen una gran intervención, porque están derivados de lo que nosotros vivimos todos los días, pero combinan nuestras percepciones del mundo de maneras improbables. Eso a mí me parece fascinante. Y en esta incorporación de la potencia de los sueños consiste buena parte del ejercicio poético de la literatura, de repensar la lengua y así repensar la realidad.

T.: ¿Y qué etiqueta le pondrías al subgénero que mencionás?
Y. H.: Yo me siento absolutamente cómodo llamándolo “ciencia ficción”. Cuando estoy escribiendo no estoy pensando en el género, aunque en este caso si lo había visto como una serie de cuentos que de manera general pertenece a la “ciencia ficción”, pero tampoco me preocupa si incumple con las reglas. Los géneros sólo son un punto de referencia útil, en algunos casos en la Academia en otros casos para fines comerciales, pero uno no debe angustiarse por ellos.

T.: ¿Cómo opera el trabajo de reescritura que hay en tus cuentos? ¿Son homenajes, guiños?
Y. H.: Es todo eso y es un diálogo también. Estoy dialogando con algunos textos que he leído y releído muchas veces por placer, pero también como parte de mi trabajo. Son textos que uno cree que ya entendió y luego advierte que siempre están volviendo a decir cosas nuevas, porque los textos cambian con el entorno, con los tiempos y con la experiencia que se tenía cuando lo ha leído. Escribir con y desde esos textos o inclusive ironizándolos es una manera de seguir tratando de entender lo que nos dicen. Es una marca de un buen texto literario el que sigue detonando algo a pesar de que se lo haya estudiado y releído mucho.

T.: ¿Cómo ubicarías tu obra en esa conversación con otros escritores?
Y.H.: Elegiría estar entre los escritores de la novela negra tanto la norteamericana como la latinoamericana. Ambas han sido muy importantes para mí. Es algo que también está presente en este libro, por ejemplo en “Los conspiradores”, tiene que ver con lo que sucede con un crimen sistémico, algo que ocurren en la novela negra. La idea del crimen estructural en el contexto que suceden esas historias es algo que me llama mucho la atención.

T.: ¿Este libro lo ves como un satélite de tu obra o en el centro de la misma?
Y. H.: Entiendo que haya lectores que lo leen como una ruptura con mi anterior obra, por los temas y por la extensión de los relatos, entre los cuales hay varios que son brevísimos que funcionan como engarces dentro del libro. La ciencia ficción es algo que ha estado presente en toda mi vida, desde que yo empecé a escribir de muy chico. Fueron los primeros textos que escribí: fantasía, horror, ciencia ficción. El gozo por imaginar de manera disparatada el mundo es algo que no me ha abandonado, aun cuando escribo historias que pueden leerse en un registro más realista, siempre estoy recreando la realidad en cada frase.

T.: ¿Cómo es tu relación con el imaginario kafkiano?
Y.H.: Me agrada la lectura desde Kafka porque es otro de los autores que me gusta mucho. Es un escritor que se resiste a ser encerrado en un solo género. A la escritura de Kafka ya no queda más que decirle “kafkiana”, porque se ha convertido en un cliché en sí mismo. Tiene un poco de pesadilla, un poco de representación de la vida del burócrata, un poco este intimismo familiar, Kafka en ese sentido es como un enorme modelo. El cuento “Los objetos” es una reflexión sobre cómo los humanos estamos sometidos a ciertas reglas que nos hacen sentir seguros y normales.

T.: ¿Sentís que clima de ciertos relatos de tu libro tienen la atmósfera de la serie “Black Mirror”?
Y. H.: Empecé a ver esa serie, vi solo dos episodios y no pude seguir porque sentía que estábamos hablando de lo mismo, lo cual no es sorprendente. Las ideas están en el aire y todos tenemos acceso a similares pesadillas y fuentes de información, por lo tanto es natural que lleguemos a conclusiones o propuestas narrativas similares. A mí me estaba gustando mucho “Black Mirror”, pero, por un lado, me daba cierta envidia y, por otro, sentía que no iba a ser una buena influencia, me iba a hacer que repita ciertas manías o ideas de la serie. Coincido en que tenemos ciertos puntos de referencia y algunas salidas similares.

T.: ¿Qué lugares ocupan el juego del lenguaje y los silencios en este libro?
Y. H.: Un escritor tiene que estar permanentemente cuestionándose sobre el uso del lenguaje y disfrutando ese cuestionamiento. Aun cuando se utilicen ciertas estructuras conservadoras, la propuesta es como llegar a ese punto y no pensarlo como una simple repetición de aprendizajes o formas lingüísticas que te han dicho que son las correctas, sino llegar a partir de tu propia investigación sobre el lenguaje.

Toda la literatura que se precie de ser arte tiene que ser experimental, porque hay que buscar nuevas maneras de hablar de eso que vemos todos los días. La literatura no es descubrir lo que está escondido, sino descubrir nuevos aspectos de lo que vemos todos los días. En crear vocablos, traer palabras viejas o darle un peso diferente a expresiones que siempre usamos: ahí está el juego de la escritura creativa.

 

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