30 mayo, 2024

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La primavera camporista

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Foto: Archivo

Cuando Juan Domingo Perón regresó a la Argentina el 17 de noviembre de 1972 la militancia se sorprendió porque estuvo poco tiempo en el país.

En efecto, el 15 de diciembre decidió retornar a Europa, con una escala previa en Perú para reunirse con el líder político de esa nación Juan Velasco Alvarado.

En aquel retorno, se esperaba que Perón anunciara cuál iba a ser la fórmula mientras la Iglesia Católica y gran parte de la dirigencia del PJ creían que Antonio Cafiero iba a ser el elegido como candidato a presidente.

(CRÉDITOS: Producción general: Lorena Vazquez – Edición de sonido: Alejandro Sanz – Grabación: Sebastián Siddi y Enrique Duplaá – Locución: Fabiana García – Portada: Kevin Liendo)

En cambio, Perón le entregó a José Ignacio Rucci y a Juan Manuel Abal Medina un sobre con los candidatos que él había elegido, en una forma particular e insólita, producto de su capacidad de conducción.

No fue por un hombre de ideas más avanzadas o de trayectoria muy notable, sino fundamentalmente por el hombre más leal.

Él creyó que la única forma de asegurar el triunfo y permitir la llegada al poder era jugar con Héctor J. Cámpora.

Curiosamente, también nombró como candidato a vice a Vicente Solano Lima, que venía del Partido Conservador.

Cámpora había sido un funcionario que se había caracterizado por su lealtad, pero no había sido un legislador muy brillante.

Había nacido en 1909 en la ciudad bonaerense de Mercedes y estudiado medicina. Después se frustró, pasó a Odontología y se recibió de dentista.

Tuvo un papel importante en las luchas estudiantiles, aunque no apareció afiliado a ningún partido.

Lo concreto es que, cuando fue designado por Perón, desde distintos sectores se hizo referencia a su vinculación con el Partido Conservador.

Si a esto le sumamos que Solano Lima era del conservadurismo popular, la Juventud Peronista recibió con cierto desagrado estas designaciones.

Entonces se llegó a las elecciones del 11 de marzo de 1973. El pueblo, después de 18 años de proscripción, mantuvo su lealtad al peronismo y a su líder, el general Perón, sumando prácticamente el 50% de los votos, 20 puntos arriba del radicalismo de Ricardo Balbín.

Héctor J. Campora asumió la presidencia el 25 de mayo, una fecha que pasó a la historia del peronismo. 

Para los que vivimos esa época, comenzó un momento inolvidable que se prolongó nada más que 49 días: del 11 de marzo al 13 de julio, cuando Cámpora y Solano Lima decidieron renunciar para que se pudieran realizar nuevas elecciones.

Ese corto período quedó impreso en nuestra memoria como el momento en el que la Argentina vivió su momento democrático más amplio.

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Eso se lo debemos a la denominada «Primavera Camporista».

Lo que menos se esperaba era que Cámpora, que había sido recibido con cierto resquemor por algunos sectores de izquierda del peronismo, se convirtiera en «El Tío».

Es decir, si el padre estaba proscripto al tío había que apoyarlo.

Esto era una caldera que estaba a punto de estallar, que es lo que había llevado al Ejército a replegarse con una política del dictador Alejandro Agustín Lanusse que había entendido que ya no podía sostenerse esa proscripción de Perón.

Reitero, la situación era la de una caldera a punto de estallar, por lo que empezaron a producirse movilizaciones muy importantes a partir del 11 de marzo.

El pueblo apareció en las calles con un objetivo esencialmente democrático: por ejemplo, en un hospital que tenía un director coimero se hacía una asamblea de enfermeras y de mucamas, no tanto de médicos, y se lo destituía.

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Foto: Archivo

También empezaron a producirse ocupaciones en las reparticiones públicas.

Como consecuencia de la alianza que había tenido que hacer el peronismo con la gente de Rogelio Frigerio, apareció un dirigente frigerista como posible encargado de las cuestiones energéticas.

Cuando iba a asumir, los muchachos tiraron en su oficina Gamexane, un poderoso insecticida que impidió que se pudiera resolver la cuestión.

Entonces se produjeron hechos que en principio fueron inesperados: el restablecimiento de relaciones de Cuba, un lazo que había sido bloqueado por la dictadura militar, y la vinculación de la Argentina con el Tercer Mundo, con un recordado discurso del subsecretario de Relaciones Exteriores que en la OEA se animó a decir que el organismo no tenía sentido porque el amo no podía sentarse con los esclavos a discutir nada.

En este contexto, el gabinete de Cámpora se conformó según indicaciones de Perón pero con cierto margen de Cámpora para designar algunos ministros.

Perón se reservó el Ministerio de Economía para José Ber Gelbard, quien era una de esas escasísimas expresiones de burguesía nacional que tenía la Argentina, figuras que a veces aparecen privilegiando el mercado interno y defendiendo el proteccionismo económico.

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Foto: Archivo

Perón se reservó también, por una cuestión tan peculiar como inexplicable, el nombre de José López Rega para el Ministerio de Bienestar Social.

Y también designó a Ángel Federico Robledo en Defensa y a Antonio Benítez en Justicia, que eran dos hombres del peronismo tradicional.

Para el Ministerio de Trabajo, el elegido fue Ricardo Otero.

También apareció Esteban Righi, una figura muy importante que caracterizó ese período, nombrado al comienzo en el Ministerio del Interior.

Righi tuvo el control de la policía y al comienzo de su gestión organizó una reunión con los comisarios y les dijo, palabras más palabras menos: «Les comunico que acá no se le pega más a un preso, aun cuando sea un preso delincuente, aunque no sea un preso político. Acá hemos venido a defender al pueblo, no podemos ser represores del pueblo en ningún momento. Y desde ya les anticipo que los archivos políticos, con todas las investigaciones y todas las cosas en donde se marcaban los pasos de sectores de izquierda o sectores revolucionarios, están eliminados y quedan totalmente en cero. Porque estamos en una verdadera democracia».

Otros miembros del gabinete fueron Jorge Alberto Taiana en el Ministerio de Educación y Juan Carlos Puig en el de Relaciones Exteriores.

En aquel momento el peso de los sectores juveniles, los más combativos, era muy grande.

En Salta gobernaba Miguel Ragone, que era un hombre vinculado con la Juventud Peronista y en Córdoba, Ricardo Obregón Cano, un hombre de la izquierda del peronismo.

En la provincia de Buenos Aires se eliminó la posibilidad de la candidatura de Manuel de Anchorena y fue designado Oscar Bidegain, cuyo hijo y señora decían estar en la izquierda del peronismo.

En Santa Cruz se lo designó a Jorge Cepernic, un hombre muy avanzado y en Mendoza, a Alberto Martínez Baca.

Y en la Universidad de Buenos Aires nada menos que a Rodolfo Puiggrós, que era un marxista convicto y confeso.

En la universidad hubo cambios importantes con una gran movilización.

Hombres decididamente con posiciones revolucionarias, como Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, lo primero que hicieron en la Facultad de Derecho fue expulsar a Roberto Alemann porque decían que era un agente de las grandes multinacionales y no podía venir a enseñarles cuestiones jurídicas a los estudiantes.

En la Facultad de Filosofía apareció Justino O’Farrell, que era un hombre con posiciones progresivas, y después apareció la hija de Puiggrós a cargo de la denominada Ciencia de la Educación.

Fue una época en la que había un estado de movilización permanente.

Hubo manifestaciones en distintos lugares, donde había irregularidades o la junta militar había puesto a hombres corruptos y reaccionarios, a quienes no se los había denunciado porque no había posibilidades favorables de ser escuchados.

Un ejemplo fue Radio Belgrano, que pasó a ser conducida por Julia «Chiquita» Constenla, una mujer ligada al socialismo.

Cambió hasta tal punto la programación que comenzó a ser llamada «Radio Belgrado».

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Todos estos cambios también operaron en el Ejército, donde Perón tenía una filosofía muy particular.

Decía que tenía que recurrir a generales que habían sido derrotados porque con los vencedores era más difícil el manejo.

Entonces buscó al general Jorge Carcagno, un hombre que, decían, había intervenido en el Cordobazo reprimiendo.

Sin embargo, Carcagno era un nacionalista católico bastante amplio en sus criterios, que después llegó a tener una relación bastante estrecha con la Juventud Peronista, lo que provocó su caída.

Pero, en definitiva, lo que se fue produciendo en la Argentina fue un cambio muy importante que venía a compatibilizarse con el que había ocurrido en Chile con la llegada de Salvador Allende.

Si bien la Unidad Popular de Chile estaba en el poder y se habían producido movilizaciones importantes y tomas de tierras, el presidente Allende estaba cercado en cierto sentido, y tenía sobre sí un plan armado para derrocarlo, que había sido armado por Henry Kissinger, del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Mientras la izquierda peronista tomaba las calles, y el peronismo se manifestaba en su versión más cercana al 17 de octubre, aparecieron sectores del nacionalismo reaccionario con personajes que se convirtieron en figuras siniestras de la historia argentina.

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Foto: Archivo General de la Nación

Lo cierto es que finalmente, después de las elecciones, el 20 de junio se produjo la esperada vuelta de Perón a la Argentina.

Cerca de tres millones de personas concurrieron a recibirlo después de su largo exilio.

Recuerdo que participé con gran alegría en ese episodio.

Fui con un amigo boliviano que en determinado momento me dijo que por la cantidad de gente que había era como si toda Bolivia estuviera ahí presente.

La comisión de retorno, constituida por Perón, tuvo características muy especiales y en ella hubo figuras «derechosas» y antipopulares como el coronel Jorge Osinde, que armaron las condiciones para provocar un enfrentamiento entre los dos bandos en que aparecía dividido el peronismo.

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Foto: Archivo General de la Nación

Hubo una gran desilusión del pueblo argentino, que no pudo recibir a Perón.

Cámpora era el presidente y le comunicó a Perón que no estaban dadas las condiciones para bajar en el aeropuerto de Ezeiza, por lo que el aterrizaje finalmente se concretó en Morón.

Tengo un recuerdo permanente de esa especie de procesión laica que hicimos una millonada de personas desde Ezeiza, sin conducción y con un retumbar de bombos que fue casi como una letanía de una desgracia que estaba en ciernes, tras aquel frustrado reencuentro de Perón con su pueblo que tanto se había anunciado.

Esto hizo crecer a las figuras de la derecha, que empezaron a plantear que, estando en la Argentina, Perón era el que debía desempeñar el cargo de presidente, para lo que Cámpora debía renunciar.

Uno de ellos fue Victorio Calabró, un hombre de derecha de la UOM, quien se encargó de destacar la necesidad de poner en marcha este reemplazo.

Entonces, Cámpora fue a ver a Perón y le dijo: «Usted sabe general que mi renuncia está a su disposición».

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Foto: Archivo

Cuando Perón aceptó la situación, Cámpora insistió en que Raúl Lastiri, que era su yerno, fuera designado presidente interino.

El argumento de Cámpora parece haber sido que Lastiri tenía cáncer e iba a morir en poco tiempo. Lo cierto fue que la única función de Lastiri fue llamar a unas elecciones donde Perón pudiera presentarse como candidato.

El 13 de julio de 1973 Cámpora y Vicente Solano Lima renunciaron, comenzando un período donde el peronismo empezó a gobernar a través de Raúl Lastiri, con sus más y sus menos, hasta llegar a las elecciones del 23 de septiembre.

Así comenzó Perón la tercera presidencia.

Y así quedó Cámpora como «el Tío», una gran figura que, sobre todo, le fue leal a Perón.

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Cuando se produjo el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Cámpora se salvó milagrosamente de un intento de asesinato por parte de los militares, por lo que se exilió en la embajada de México, donde permaneció tres años.

Allí contrajo un cáncer y le permitieron salir del país por su delicado estado. Murió en Cuernavaca, en México.

Decían que era un hombre moderado en su accionar y siempre apareció como una figura leal a Perón.

Cumplió una tarea fundamental, imprimiendo su nombre a un período que se conoció como «la primavera camporista», en el marco de una democracia directa donde el pueblo estaba, y se sentía, realmente en el poder.

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